Para la Misa del 7 de Septiembre

Las Hermanas de la Caridad existimos en la Iglesia gracias a la conversión de un cura francés de origen campesino. Vicente de Paúl dejó de ser mediocre cuando comenzó a “mirar con el corazón” como el Señor nos mira.

La realidad de su tiempo estaba plagada de necesidades: niños abandonados, campesinos sin medios para salir del hambre y la ignorancia, heridos de guerra, presos condenados a remar en las galeras, enfermos hacinados en los hospitales…

Ante tantos rostros del dolor humano, ya no podía quedar indiferente. Tampoco podía socorrer a todos él solo. Por eso, fue creando y organizando conjuntos de personas dispuestas, como él, a vivir un “amor afectivo y efectivo” , amando y sirviendo a Dios en todos los que sufren alguna necesidad.

Una de esas fundaciones fue la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Al final de sus días, Vicente de Paúl decía: “He sido enviado no sólo para amar a Dios sino para hacerle amar” - es decir, para que puedan descubrir el amor con que Dios les ama y responderle con la misma moneda – Y seguía: “No me basta con amar a Dios si mi prójimo no le ama”.

Este es el sentido de nuestra presencia entre vosotros. Estamos contentas y agradecidas

•  Por habernos sentido “llamadas” al descubrir que aquí teníamos una misión que cumplir como Iglesia y porque vinimos enviadas por el Obispo Buxarrais y por nuestra Comunidad.

•  Porque la Iglesia Diocesana y vosotros nos permitís cada día, prestar servicio a las gentes de Santa Rosalía-Maqueda, favoreciendo, desde la Parroquia , con mucha ayuda vuestra, y en conexión con los sucesivos Párrocos, desde Constancio hasta Paco, que nos vayamos sintiendo todos, Pueblo de Dios que camina tras las huellas de Jesús y de su Madre.

25 años son poca cosa en el itinerario del Cristianismo. Termino con palabras de San Pablo – de quien se celebra este año el 2ª milenio de su nacimiento – “Bendito sea Dios, Padre de N.S. Jesucristo, Padre de misericordia y Dios del consuelo. Él nos alienta en nuestras luchas, hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, gracias al consuelo que recibimos de Él” (2 Cor 1,3-4)